domingo, 20 de abril de 2014
La felicidad era esto. Un domingo junto a tu esposa y tus hijos viendo la típica película mala de los domingos en la televisión. La decadencia de tu físico ha alcanzado el punto máximo. En los ojos de tu esposa ya no ves reflejada tu seguridad. Han perdido el brillo. Riñes a tus hijos como válvula de escape y te has convertido en un capullo impresentable incapaz de no dar importancia a las cosas más mínimas. La descripción de una vida avocada al fracaso, pero misteriosamente reconducida hacia el éxito, es esta: trabajo, un trabajo que consume, que extenúa. Gabo ha muerto, y quizá con él toda tu juventud se fue a pique. Porque ya no eres el joven que se pasó una noche en vela conociendo a Aureliano. Ya no. Nadie te llevó a conocer el hielo, pero no hace falta, porque tú ya eres el hielo. Y es triste, pero miras al psicópata en la pantalla del televisor y te das cuenta de que, en verdad, cualquier día se te puede ir la pinza como aquel que dice, coger la puerta, subir a la azotea, y saltar para acabar con una vida llena de tedio e infelicidad. Y no lo haces, porque como un avaro te crees que el tiempo te pertenece, y al igual que el dinero, has de gastarlo con el más minucioso ahorro, cuando el tiempo no se puede ahorrar. Y ahí radica tu error, te has convertido en un economizador, y los sentimientos no se economizan, los sentimientos se viven, las pasiones... La felicidad era esto.
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